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Lanoe Falconer

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    Se trataba de un joven caballero muy instruido, y yo le gustaba mucho. Seguramente, también influiría el orgullo. Porque yo, aunque tú no te lo podrás ni imaginar ahora mismo, querida, era una verdadera preciosidad en aquel entonces
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    Dejarlos aquí… ¡Dejarlos aquí! —Mi madre estuvo dándole vueltas a esas palabras—. ¿Y tú qué dices, Dorothy?
    »Yo permanecí callada. La verdad sea dicha, jamás me había separado de ella en toda mi corta vida. Nunca se me había pasado por la cabeza el deseo de vivir alejada de ella, ni de disfrutar de ningún placer sin su compañía, hasta…, hasta aquellos últimos tres meses.
    »—Madre, no te imagines que yo…
    »Pero aquí me topé con los ojos del señor Everest y me interrumpí.
    »—Le ruego que continúe, señorita Dorothy.
    »Pero no, yo no habría sido capaz. Tenía un aspecto tan ofendido, tan dolido, y los dos habíamos sido tan felices juntos…
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    Sí, yo era la belleza oficial de Bath. Allí fue donde el señor Everest se enamoró de mí. Yo me sentí muy honrada por ello, pues acababa de terminar de leer el Cecilia, de la señorita Burney, y mi admirador me recordaba a Mortimer Delvil, con el que yo le encontraba un gran parecido. Una historia muy linda, la de Cecilia, ¿la has leído?
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    No hay una credulidad más ciega, ni una ignorancia más pueril, que la del sabio que trata de medir «el cielo y la tierra y las cosas que hay bajo la tierra» con la regla mezquina,
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    Debería de haberme alarmado, pero la sonrisa del señor Everest me tranquilizó. Aparte, todavía me consumía una especie de fuego interior, que se había encendido al advertir el cariño con el que él me contemplaba mientras mi padre decía lo de “llevar veinte años casados”
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    No sé cuánto tiempo llevaría durmiendo —supongo que unas horas— cuando me desperté de repente, casi con un sobresalto, para descubrir, cerca de los pies de mi cama, a la más horrenda y espantosa de las ancianas que la imaginación pueda concebir, ataviada además con un vestido de época. Parecióme que se aproximaba a la cabecera, no andando, sino más bien como si se deslizara, con el brazo y la mano izquierdos extendidos hacia mí
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    Pero ellas mismas me sacaron de dudas a la mañana siguiente. Bajaron a desayunar muy alteradas y, sin ocultarle el motivo a nadie, describieron a la anciana tal cual yo la había visto y abandonaron el establecimiento muy airadas después de anunciar que no permanecerían allí ni un segundo más
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    »Y así fue. Vino, y con él su hijo, un soldado joven y elegante. Me hicieron toda clase de preguntas, y después se dirigieron al castillo y examinaron cada rincón. Por sus comentarios, me di cuenta de que pensaban que lo del fantasma era todo mentira, y que mi familia y yo estábamos compinchados con los supuestos ladrones o falsificadores. Pero a mí eso no me preocupaba en absoluto, pues mi señor sabía que el castillo ya estaba encantado antes de que yo naciera
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    Cuando abrimos, nos encontramos al señor Thaddeus —el hijo del abogado— allí plantado, a medio vestir y pálido como un espectro. Nos explicó que su padre estaba muy enfermo y nos suplicó que acudiésemos en su ayuda.
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    Thaddeus! ¡Thaddeus! ¡Por el amor de Dios, no te duermas!». Pero no pudo evitarlo, y no se enteró de nada más hasta que se despertó y vio que estaba amaneciendo, momento en el que se encontró a su padre sentado en un rincón de la estancia, mudo y demacrado como un cadáver; así fue como nosotros nos lo encontramos también al subir
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