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Antonio Alatorre Chávez

Los 1001 años de la lengua española

  • Anaje citiralaпре 6 дана
    Estas palabras que se quedaron a medio camino se llaman “semicultismos”, y también podrían llamarse “semivulgarismos”.
  • Anaje citiralaпре 6 дана
    Lo “distinto” y lo “distinguido” saltan aún más a la vista si se considera el significado. Los cultismos suelen significar cosas genéricas, abstractas, capaces de entrar en un discurso especulativo o filosófico. Los vulgarismos designan más bien lo inmediato y concreto, la realidad familiar y casera.
  • Anaje citiralaпре 7 дана
    Los monjes, lectores de los monumentos latinos del pasado, pronunciaban las nuevas palabras grecolatinas “con todas sus letras”, tales como constaban en textos que el vulgo no leía. Y, como la enseñanza religiosa era la única que se impartía en forma organizada a todo el pueblo, el resultado fue que esas palabras, controladas por los rectores de la cultura, no se romancearon como las demás, o se romancearon de manera incompleta.
  • Anaje citiralaпре 7 дана
    Hay que agregar que el cristianismo, como el judaísmo —y el islamismo más tarde—, fue una “religión del libro”: en él, los textos escritos tuvieron un peso incalculablemente mayor que en la religión grecorromana (la cual nunca tuvo “credos” ni “catecismos”, y desde los orígenes prehistóricos hasta los primeros siglos de nuestra era había estado en continua transformación). A la fuerza frenadora de lo gramatical se añadió la fuerza inmovilizadora de lo sagrado, de lo sacramental.
  • Anaje citiralaпре 7 дана
    Comparado con la lengua hablada en ese siglo, el latín de san Benito es muchísimo más artificial que el lenguaje jurídico de hoy en comparación con el español común y corriente.
  • Anaje citiralaпре 7 дана
    Una última observación sobre el orden de las palabras dentro de la frase. En esto hubo siempre una gran distancia entre el latín literario y el latín coloquial. En el primero abunda el hipérbaton, o sea la interposición de material lingüístico entre dos términos relacionados por el sentido y la concordancia (caricaturescamente “en una de fregar cayó caldera” en vez de “cayó en una caldera de fregar”). Traducir a cualquier lengua moderna, no digamos a poetas como Virgilio y Horacio, sino a prosistas como Cicerón y Tácito, supone un previo esfuerzo (o un hábito) de reacomodo de las palabras. En el hermoso verso de Virgilio, “silvestrem tenui musam meditaris avena”, están entreveradas una con otra las expresiones silvestrem musam, ‘la musa que vive en los bosques’, y tenui avena, ‘con una delgada flauta’.
  • Anaje citiralaпре 7 дана
    En toda esta serie de sustituciones que hemos visto, desde *altiare y *fortia hasta *tripaliare y *matiana, hay un rasgo común: una como necesidad de mayor énfasis, de mayor expresividad. Brotan nuevas palabras porque las anteriores se sienten demasiado pálidas o neutrales: *pitaccium es mucho más enfático que fragmentum, y *plicare mucho más expresivo que pervenire. Pero, a la larga, lo que fue novedoso acaba por hacerse neutral a su vez; si toda una sociedad acoge la innovación, ésta “se lexicaliza”, pasa a formar parte del léxico o diccionario común de la lengua.
  • Anaje citiralaпре 7 дана
    el papel “desesdrujulizador” que tuvo el latín vulgar.
  • Anaje citiralaпре 7 дана
    Me detendré en *domnu(m) para llamar la atención sobre dos fenómenos. El primero se refiere al acento. El latín clásico, para decirlo a nuestra manera, era riquísmo en palabras esdrújulas, cuya penúltima sílaba (la que seguía a la acentuada) tenía una vocal “breve”, de tan corta duración que llegó a ser imperceptible. El latín vulgar anuló esas sílabas penúltimas, y dóminum quedó en *domnu(m). La misma historia se nos muestra en *auca, *fridu(m), *oclu(m), *oricla y *vetlu(m). Se puede formular una “regla” según la cual las vocales penúltimas de los esdrújulos clásicos se volatilizan en el latín vulgar de España, y aún más en el de Francia (a “la tragedia de la penúltima” dedicó Mallarmé un poema en prosa).
  • Anaje citiralaпре 7 дана
    Nuestros artículos definidos el, la, proceden de los pronombres ille, illa, que significaban ‘aquel, aquella’, con un valor demostrativo que perdieron al convertirse, como la preposición de, en mera articulación gramatical.
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