El propósito del cuentacuentos no es decirte cómo pensar, sino plantearte dudas que te hagan reflexionar.
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Los hombres del puente se dispersaron. Los soldados se acercaron, murmurando, pero no los detuvieron. El propio Sadeas había declarado que el Padre Tormenta decidiría el destino de Kaladin. Todo el mundo sabía que eso significaba la muerte.
Excepto...
Teft se quedó allí de pie, sujetando la esfera opaca. «Una esfera vacía después de una tormenta —pensó—. Y un hombre que sigue vivo cuando debería estar muerto. Dos cosas imposibles.»
Juntas, hablaban de algo que debería de ser aún más imposible.
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Kaladin abrió los ojos.
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«¿Y tú no lo crees? —se preguntó Teft, todavía con la cabeza gacha—. Si no lo crees ¿por qué lo sigues? Pero si creyeras, mirarías. No te estarías mirando los pies. Levantarías la cabeza y mirarías.»
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Probablemente creía que iba a encontrarlo tomándose una agradable taza de té, relajándose a la sombra con el mismísimo Padre Tormenta.
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En esa oscuridad, un rostro enorme apareció frente al suyo. Un rostro de negrura, pero levemente visible en la oscuridad. Era ancho, como una nube colosal, y se extendía a ambos lados, aunque de algún modo podía verlo. Inhumano. Sonriente.
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—¿Quieres ser un milagro?
—No. Pero para ellos, lo seré.
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Bueno, es esto. Te recordaremos. El Puente Cuatro no volverá a ser como era. Tal vez todos muramos, pero le enseñaremos a los nuevos. Hogueras de noche. Reír. Vivir. Crearemos una tradición. Por ti.
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—¿Alteza? —dijo Moash—. ¿Estás despierto?
—Estoy consciente —croó Kaladin—. ¿Todo el mundo volvió bien de la batalla?