acuerdo que de gurisito mamá me daba el desayuno para que yo se lo llevara a papá a donde él trabajaba, en una casilla al fondo del patio, y que al llegar nos sentábamos en el suelo y yo le preguntaba: papá, en la otra cuadra, pasando el ceibo grande, sentí un perfume lindo, ¿qué es? Es el ñangapirí que poty jerá, hijo, me decía. También me decía siempre que si no había árboles donde viviera tampoco iba a haber pájaros, ni sombra, pero que, sobre todo, lo que nunca iba a haber era consuelo. Y cuando llegué acá no había nada de eso.