Si pensamos en el tema como una cuestión de clase y de cultura, la pornografía alimentaría a las masas más o menos iletradas de varones, mientras que del llamado erotismo se nutrirían unas capas sociales más refinadas para las que el marco en el que la pornografía se desenvuelve resultaría muy burdo y, en definitiva, poco excitante.
Del mismo modo se realiza esta operación cuando se quiere diferenciar a la pornografía por su ausencia de contenido artístico con el argumento de que el erotismo es igual a sexo explícito, pero realizado con buen gusto, entrando, de nuevo, en criterios culturales más o menos clasistas: a lo que parece bazofioso y realizado con pocos medios se le llama pornografía -considerándolo, por tanto, un material rechazable- y a lo que se clasifica como erótico, por su mejor calidad estética, se le denomina arte, y ya se salvó el producto.