Eso que sucedía entre las dos era una construcción imaginaria en la que ella, mi abuela, ponía el artificio, la sabiduría del artesano de cuentos, y yo ponía lo que Coleridge le pedía al lector o al escuchador de cuentos, “that willing suspension of disbelief”, la deliberada —consentida, gustosa— suspensión de la incredulidad. La aceptación, la entrega.