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    Noemí Nava.je citiralaпрошле године
    Al atormentar mi pobre corazón, usted creía que corregía mi predisposición al mal.
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    No podía comprender esta doctrina de aguantarlo todo, y menos aún comprendía o compartía su indulgencia hacia su castigadora.
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    —Sí que tiene mérito. Eres buena con los que son buenos contigo. Yo no aspiro a más. Si la gente fuera siempre bondadosa y obediente con los crueles e injustos, los malos se saldrían siempre con la suya. Nunca tendrían miedo, por lo que nunca cambiarían, sino que serían cada vez peores. Cuando nos pegan sin motivo, debemos devolver con creces el golpe, estoy segura, para asegurarnos de que no nos vuelvan a pegar.

    —Espero que cambies de opinión al hacerte mayor. De momento, eres una niña sin preparación.
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    —Los rizos de Julia son naturales —contestó la señorita Temple, con voz aún más baja.

    —¡Naturales! Sí, pero no nos conformamos con lo natural. Quiero que estas muchachas sean hijas de Dios. ¿Por qué semejante exceso? He dado a entender una y otra vez que quiero que se recojan el cabello de manera recatada y sencilla. Señorita Temple, a esta muchacha hay que raparle del todo; haré venir al barbero mañana.
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    Las profesoras estaban ocupadas haciendo las maletas y demás preparativos para la partida de las chicas afortunadas que tenían familias y amigos dispuestos a alejarlas del foco de infección. Muchas, ya enfermas, volvieron a sus casas para morir; otras murieron en la escuela y fueron enterradas discreta y rápidamente, puesto que la naturaleza del mal desaconsejaba cualquier demora.
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    Pero yo y las otras chicas sanas disfrutábamos plenamente de las bellezas del lugar y de la estación. Nos permitían deambular como gitanas por el bosque desde la mañana hasta la noche. Hacíamos lo que se nos antojaba e íbamos adonde queríamos, y teníamos una vida mejor también. El señor Brocklehurst y su familia no se acercaban a Lowood en esas fechas, por lo que nos libramos de su intervención en los asuntos domésticos. La cocinera malhumorada se había marchado, espantada por el miedo a contagiarse; su sucesora, antes matrona del dispensario de Lowton, no conocía las costumbres de su nuevo hogar y nos alimentaba con relativa liberalidad. Además, había menos que alimentar, ya que las enfermas comían poco. Nos llenaba más los cuencos del desayuno y, cuando no tenía tiempo de preparar un almuerzo formal, lo que ocurría con frecuencia, nos daba un gran trozo de pudin o una gruesa rebanada de pan con queso, y nos lo llevábamos al bosque, donde cada una comía opíparamente donde más le gustase.
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    No me reprocharon por abandonar mi cama, ya que tenían otra cosa en que pensar. En ese momento quedaron sin respuesta mis múltiples preguntas, pero un día o dos más tarde, descubrí que la señorita Temple, al volver a su cuarto al amanecer, me había encontrado en la cama, con la cara contra el hombro de Helen Burns y mis brazos alrededor de su cuello. Yo estaba dormida y Helen… muerta.
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    Ahora marca el lugar una lápida de mármol gris, inscrito con su nombre y la palabra Resurgam
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    Algunas veces lamentaba no ser más agraciada y hubiera querido tener mejillas sonrosadas, una nariz correcta y una boca de piñón. Hubiera querido ser alta, elegante y desarrollada de proporciones.
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    Veo a intervalos la mirada de una rara especie de ave a través de los barrotes tupidos de una jaula. Es una prisionera vehemente, inquieta y resuelta; si estuviera libre, volaría hasta las nubes.
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