Estos recuerdos son lejanos pero nítidos. Surgen de la niebla que, inevitablemente, anega las largas jornadas de esa época, los pasatiempos monótonos, los ensayos generales y las cenas en casa de Pousset, la inconstancia de mis emociones, que alternaban entre una alegría exultante y una turbia tristeza, el cisma en mi naturaleza entre una temerosa introversión y la predisposición a la ilusión. Pero es una niebla que deja indemnes y bien iluminados los rostros amigos.