Cuando los autoritarios intentan borrar la historia, lo hacen a través del sistema educativo, purgando ciertos relatos de los programas escolares o incluso prohibiendo que se compartan en el ámbito familiar. Sin embargo, no pueden borrar las experiencias vividas por la gente ni la huella que estas dejan en varias generaciones. En este simple hecho reside siempre la posibilidad de recuperar los puntos de vista perdidos.