Mi mente es caprichosa. A veces es caritativa; en el momento en que necesito una idea consoladora o feliz me arroja, como monedas a un mendigo, la limosna de un acontecimiento que yo había olvidado tiempo atrás, una palabra del pasado, un relato leído una calurosa noche entre las sábanas, un poema encontrado en una antología y que mi ser adolescente creía que nadie había descubierto antes. Pero la generosidad de mis libros permanece siempre, como parte de su esencia y, cuando los saqué de sus cajas, después de haberlos condenado a un silencio tan prolongado, siguieron siendo amables conmigo.