Baudelaire, que cifró su mayor orgullo en ser decadente, en ser refinado, en pintar estados de ánimo que sólo puede experimentar un organismo cultivado por larga selección; en fijar sensualismos sólo perceptibles para un sistema nervioso hiperestesiado; en ostentar sentimientos extravagantes y perversos —¡plantas exóticas que ese artista sembró y cultivó amorosamente en su pecho, después de haberlas arrancado a la flora sombría de la maldad humana!