Llegó e patriarcado, sobre todo a través del cristianismo, para asumir el papel de padre.
Un padre capitalista, controlador, alimentado por el ego, obsesionado con el dinero.
La idea de que experimentáramos nuestro cuerpo como sagrado, de que viviéramos en comunidad y de que trabajáramos por amor y servicio no era propicia para el desarrollo del capitalismo.
Así, lo que siguió fue la destrucción de todo eso: a comunidad, la conexión y el compartir la sabiduría fueron reemplazados por la codicia, el control y el ego.
La Iglesia, los ricos terratenientes y los comerciantes querían convertir a las clases bajas en una máquina de producción, una fuerza aboral que cumpliera y trabajara por dinero. La única forma de conseguirlo era convertir lo místico en una herramienta.