El joven quedó largo rato contemplando el hierático y enorme rostro de la esfinge, que llevaba la corona real de Egipto, con una cobra en la frente para sujetar el tocado de lino bordado que protegía la cabeza del sol; con la única particularidad de que el tocado de la esfinge era de piedra y la cabeza de la serpiente que sobresalía de la piedra era de oro.