El padre había recibido los disparos en la espalda, la madre en pleno pecho. Quizá los dos, ella con toda certeza, supieron que morían a manos de su hijo, de tal manera que en el mismo instante habían visto su propia muerte –que todos veremos, que ellos habían llegado a la edad de ver sin escandalizarse– y la destrucción de todo lo que había dado sentido, alegría y dignidad a su vida. El cura aseguraba que ahora veían a Dios. Para los creyentes, el instante de la muerte es aquel en que ven a Dios, no ya oscuramente, como en un espejo, sino cara a cara.