Irina Bulgákova

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    La guerra, que duró ocho años insoportablemente largos, reunió una importante cosecha de almas en pena por todo el mundo. Pero después comenzó a apagarse y retrocedió, aullando y cojeando, mientras se lamía las patas ensangrentadas. El combustible, como antes, no era suficiente, pero la vida empezó a mejorar poco a poco, y, como con un chasquido, volvió a la normalidad. Aunque, por alguna razón, estos cambios no afectaron a Marán. Nadie se acordaba del pueblo ni tenía intención de hacerlo. El único coche que llegaba era la ambulancia, y para que lo hiciera había que enviar un telegrama, porque Marán no tenía otro contacto con el mundo exterior. Estaba claro que hacía mucho que en el valle habían dejado de la mano de Dios a ese puñado de ancianos obstinados que, en su momento, se negaron a bajar desde la cima del Mánish-kar hasta las tierras bajas.
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    La lluvia caía como si pudiera lavar todas las penas. Le acariciaba el pelo, le abrazaba los hombros, le hacía cosquillas en la nuca. Anatolia volvió el rostro hacia ella, pero no cerró los ojos para no dejar de ver a su padre. Se puso muy contenta cuando descubrió que su padre había acertado exactamente la hora de ponerse a trabajar, porque es más fácil segar la hierba cuando llueve.
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    Pues si ya lo sabes… Mira cómo vivimos nosotros. A la espera de la muerte. Entre un entierro y otro. ¿Qué nos queda? Ni alegría ni esperanza. Entonces ¿por qué dejar pasar la oportunidad de hacer a alguien un poco más feliz? Si no piensas en ti, por lo menos piensa en él.
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    En cuanto se le desvaneció la primera alegría, un miedo persistente y tenebroso se apoderó de su alma. Anatolia y él ya no eran jóvenes y pronto abandonarían este mundo. ¿A quién le dejarían el bebé? Además, Marán no era el lugar más adecuado para que creciera, pues el pequeño necesitaría muchas cosas: una escuela, juegos, otros niños… ¿Cómo iba a vivir allí, en medio de unos viejos a los que vería partir uno por uno al otro mundo?
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    Pero ¡si no ve más allá de sus Sagradas Escrituras! Y ofrece consuelo de una forma que dan ganas de encerrarlo en el sótano y enterrar la llave para que no salga —protestó Mamikón.
    —¡Eres un idiota! —el sacerdote le enseñó los dientes—. Vasó, te lo voy a explicar con palabras sencillas —Mamikón le dio la espalda—. Si yo estuviera en tu misma situación, tampoco estaría tranquilo, sinceramente. Pero eso significa ser un hombre, dudar y no retroceder. ¿Tengo o no tengo razón?
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