Por lo general, en el panorama color de rosa de la concienciación, sólo se admite a un tipo de persona que ha tenido cáncer de mama: a las que han sobrevivido. El botín de la narrativa va a parar a manos de las vencedoras. Se supone que contar la historia de tu propio cáncer de mama es contar una historia de «supervivencia» a través de la autogestión neoliberal: la narrativa es la de las cosas bien hechas, la del individuo atomizado, autoexaminado y mamografiado, la de la enfermedad curada con sumisión, carreras de cinco kilómetros, verduras orgánicas licuadas y pensamiento positivo. Tal y como señala Ellen Leopold en su historia del cáncer de mama, Un lazo más oscuro, el auge del neoliberalismo en la década de los años 90 introduce un cambio en las convenciones narrativas del cáncer de mama: «El mundo exterior se da por hecho, como un telón de fondo frente al que se representa el drama personal».17