Hay que cumplir una serie de requisitos.
Ralston entrecerró los ojos.
—¿Está diciéndome que no cree que Juliana cumpla los requisitos para recibir una invitación?
—Creo que las damas de Almack’s —dijo Callie tras pensar bien sus palabras— constatarán que su hermana tiene unos modales impecables y…
—Ah, pero los modales impecables no son suficientes para ellas, ¿verdad, lady Calpurnia?
Ella lo miró a los ojos.
—No, milord.
—¿Es por mí? ¿O quizá por mi madre?
—Este no es el mejor lugar para hablar de…
—Tonterías. Estamos en sociedad. ¿Acaso no se habla de todos los temas importantes en los salones de baile? —Su tono rezumaba sarcasmo.
Si Callie no estuviera al tanto de la frustración que le provocaba esa situación, se habría sentido ofendida por su frivolidad.
Él apartó la vista y miró sin ver por encima de su cabeza. La joven se mantuvo callada, meditando cuidadosamente qué decir.
—Si Juliana tuviera un título de nobleza… o si no viviera en Ralston House… —Cambió de táctica—. Sería mucho más fácil que Juliana fuera aceptada si evitáramos Almack’s.
Ralston se quedó callado, pero ella notó el cambio que se había operado en él. Los brazos que la sostenían denotaban una fuerte tensión. Tras varios segundos, la miró a los ojos.
—No quiero hacerle daño.
—Ni yo. —Era cierto.
Él hizo una pausa, como si pensara que le podía leer los pensamientos.
—¿Funcionará?
—Lo intentaré con todas mis fuerzas. —Y lo haría.
Él curvó los labios con tanta rapidez que, si ella no hubiera estado mirándolo, no lo hubiera percibido.
—Qué segura de sí misma.
—Una no se pasa la vida por los rincones de los salones de baile sin aprender un par de cosas sobre qué se requiere para ser la incomparable de la temporada, milord.
—Si alguien puede ayudar a Juliana a navegar por estas aguas infestadas de tiburones, creo que es usted, lady Calpurnia. —Sus palabras, pronunciadas con respeto, provocaron una cálida sensación en su interior, que ella intentó ignorar sin éxito.
El vals terminó, y las faldas se arremolinaron en torno a sus piernas.
—¿Puedo pedirle que me escolte junto a mi madre? —se arriesgó a preguntar Callie.
Él reconoció de inmediato la lógica en sus palabras.
—¿Cree que una conversación con su madre los convencerá de que me he reformado?
—Le aseguro que no dolerá. —Ella le sonrió mientras recorrían el borde de la pista—. Se está olvidando de una de las premisas más importantes de la sociedad londinense.
—¿Cuál?
—Los marqueses ricos y solteros siempre son recibidos con los brazos abiertos cuando ven de nuevo la luz.
Él se detuvo y le pasó un dedo por los nudillos lentamente mientras se inclinaba para hablarle al oído.
—¿Y si no estoy seguro de querer salir de la oscuridad?
A ella le bajó un escalofrío por la espalda ante esas palabras, más por el roce de su respiración que por el sonido en sí.
—Me temo que ya es demasiado tarde —dijo ella con una tosecilla para aclararse la voz.
—¡Lord Ralston! —La aguda y emocionada voz de la condesa viuda