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María Elena Llana

Casas del Vedado

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    completan el incongruente mobiliario de la habitación, que parece ajena al resto de la casa: ni un adorno, ni un retrato familiar, ni una imagen religiosa. Desprovista totalmente de los atributos del buen gusto, del cariño o el temor que suelen nivelar los desconchados del espíritu.
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    Ahora son espectadores. Ahora constituyen una pareja verdadera frente a otra en la que se ha violado algún principio oculto.
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    barquitos de papel derivando, inventando cauces para transcurrir en la aventura de un paseo sin otro objetivo que el de andar juntos, sonrientes y un poco tristes de tanto amor.
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    La doradez de la tarde le devuelve la sensación de tumulto gozoso que percibiera cuando los grupos cruzaban frente a la verja, en su camino hacia la Plaza, de ese clamor y esa vida de la cual los suyos están excluidos porque una remota marea inexorable los mantiene del lado de la sombra.
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    Y también desde allí podía ver los ojos, como de muerta, de Ariela sentada en el mismo sofá de aquella noche de carnaval, semirrecostada en el mismo cojín de terciopelo cereza, con sus descoloridos dedos hundidos también en él, tanteando un centro inexistente para asirse.
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    no pudimos establecer quién era en realidad huésped de quién, y como era indiscutible que en el suceso habían mediado la imprudencia y el espíritu científico-investigativo de Clarita y como, además, pasaron los días y, después de todo, no había mucha diferencia entre lo que Clarita
    hacía y lo que hasta entonces había hecho, el caso es que fuimos olvidando los supuestos agravios, y continuamos nuestra vida de siempre, reconquistando el camino perdido en cuanto a identificación con los del espejo, y cada vez más incapaces de discernir de qué lado estaba la vida y de cuál su reflejo.

    Pero como una imprudencia nunca viene sola, yo pasé a ocupar el puesto vacío de Clarita. Ahora estoy mucho más cerca de ellos; ahora casi puedo escuchar un lejano rumor de servilletas que se doblan o desdoblan, un leve entrechocar de cristales y cubiertos, algún rodarse de sillas que nunca puedo concretar si viene de allá o es el que producimos nosotros mismos.

    Está de más decir que dilucidar esa cuestión no me preocupa. Lo que sí me inquieta, lo confieso, es que Clarita no parece haberse impuesto del todo de su nueva situación, y no guarda la suficiente compostura, gravedad u opacidad, por llamarle de alguna manera, y sigue con sus asomos de picardía que tanto nos robaron el corazón a todos.

    Y el caso es que yo, más que cualquier otro miembro de la familia, puedo ser el blanco de sus actuales propósitos, porque siempre nos unió un afecto especial, tal vez porque teníamos la misma edad y compartimos los juegos infantiles y las primeras inquietudes de la adolescencia… Y ocurre que ella hace todo lo posible por llamar mi atención, y desde el lunes pasado está tratando de aprovechar un descuido mío para pasarme una piña así de grande, un poco desvaída, es cierto, pero con todas las posibilidades de ser apretada y un poco ácida, como ella sabe que a mí me gustan.
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    El manto
    empalidecedor de la muerte sentaba mal al fornido asturiano, que sin duda se sentía un poco ridículo en todo aquello.

    Durante algún tiempo comimos todos reunidos, sin más peripecias ni complicaciones. Pero no hay que olvidar que allí estaba Clarita y que, notorio descuido por nuestra parte, la habíamos dejado sentarse en el límite entre las dos mesas, en aquel ecuador entre lo que era y lo que no era
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    Éramos unas veinte personas sentadas cada día a la mesa. Y aunque los gestos y movimientos de ellos fueran más ausentes y sus comidas un tanto descoloridas, en general dábamos la impresión de una familia numerosa y bien llevada.
  • Ivana Melgozaje citiralaпре 6 месеци
    Los movimientos de nuestros difuntos, al reproducir
    los que hacíamos nosotros, eran más lentos, parsimoniosos, como si en realidad el espejo no mostrara una imagen directa, sino el reflejo de otro reflejo.
  • Ivana Melgozaje citiralaпре 7 месеци
    Se diría que nacieron viejos, y ahora que eran muy viejos, viejísimos, como ella misma, tenían una autenticidad que no tuvieron nunca.
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