no pudimos establecer quién era en realidad huésped de quién, y como era indiscutible que en el suceso habían mediado la imprudencia y el espíritu científico-investigativo de Clarita y como, además, pasaron los días y, después de todo, no había mucha diferencia entre lo que Clarita
hacía y lo que hasta entonces había hecho, el caso es que fuimos olvidando los supuestos agravios, y continuamos nuestra vida de siempre, reconquistando el camino perdido en cuanto a identificación con los del espejo, y cada vez más incapaces de discernir de qué lado estaba la vida y de cuál su reflejo.
Pero como una imprudencia nunca viene sola, yo pasé a ocupar el puesto vacío de Clarita. Ahora estoy mucho más cerca de ellos; ahora casi puedo escuchar un lejano rumor de servilletas que se doblan o desdoblan, un leve entrechocar de cristales y cubiertos, algún rodarse de sillas que nunca puedo concretar si viene de allá o es el que producimos nosotros mismos.
Está de más decir que dilucidar esa cuestión no me preocupa. Lo que sí me inquieta, lo confieso, es que Clarita no parece haberse impuesto del todo de su nueva situación, y no guarda la suficiente compostura, gravedad u opacidad, por llamarle de alguna manera, y sigue con sus asomos de picardía que tanto nos robaron el corazón a todos.
Y el caso es que yo, más que cualquier otro miembro de la familia, puedo ser el blanco de sus actuales propósitos, porque siempre nos unió un afecto especial, tal vez porque teníamos la misma edad y compartimos los juegos infantiles y las primeras inquietudes de la adolescencia… Y ocurre que ella hace todo lo posible por llamar mi atención, y desde el lunes pasado está tratando de aprovechar un descuido mío para pasarme una piña así de grande, un poco desvaída, es cierto, pero con todas las posibilidades de ser apretada y un poco ácida, como ella sabe que a mí me gustan.