Ni toda Roma podría hacerle caer en el fanatismo, ni la Propaganda lograría convertirle en un verdadero jesuita. Había nacido honrado, no hipócrita; ingenuo, no malicioso; un hombre libre, no un esclavo. Su ternura le había vuelto dúctil en manos de un sacerdote, su capacidad de amar, su fervor, su sincero y piadoso entusiasmo cegaban algunas veces sus ojos y le empujaban a renunciar a la justicia para emplear ardides y servir a fines egoístas; pero esos defectos son tan difíciles de encontrar, y tan penosos para su dueño, que apenas sabemos si algún día llegarán a considerarse virtudes.