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Jean-Luc Nancy,Jérôme Lèbre

Señales sensibles

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Dos filósofos conversan sobre la situación del arte en la actualidad: lo que quiere decir de hoy en adelante, lo que, lejos de ser una palabra anticuada, nos permite reflexionar de nuevo. El elaborado pensamiento de Jean-Luc Nancy sobre este tema es retomado y también continuado en el curso de una discusión en la que Lèbre se interroga con él sobre la mejor manera de aprehender el compromiso del cuerpo sensible en la actividad artística y la aproximación a las obras, la relación del arte con la técnica, la historia, su modulación en las artes tradicionales y nuevas, su posición actual frente a la religión, la política y la literatura.

Este texto, un diálogo en el más pleno sentido filosófico del término, constituye en sí una introducción al pensamiento de Nancy en torno al hecho artístico: qué es el arte, su significación y finalidad en nuestro tiempo, su polimorfismo, la responsabilidad que tiene para con el mundo, su interacción con él…
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Prvi put objavljeno
2020
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2020
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Citati

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    sufrimiento y sufre con su goce. Por efecto de una ilusión, se da en pensar que hay que mostrar lo feo, lo doloroso, lo cruel y lo obsceno, es decir, justamente aquello (lo obsceno abarcaría toda la serie) que no se puede mostrar porque en ello no hay nada que sentir, salvo rechazo. Eso penetra con mayor potencia que el placer, sin duda, pero esa potencia es paralizante. ¿Hace aparecer la verdad? Sí, según su monstruoso rostro de medusa. Otras civilizaciones han podido sentir la belleza de los monstruos. Nosotros sentimos su fealdad porque los monstruos de nuestro mundo no suspenden el sentido: hacen proliferar la insignificancia en la que nada aparece, mientras las apariencias se encadenan y proliferan. Por lo tanto, se pintan cuadros de Mickey Mouse, de niños sádicos, de cubos de basura; se hacen performances con escenas crueles o cínicas; se hace comparecer (que no aparecer) a víctimas y verdugos; se hacen rechinar ruedas dentadas.
    Toda esta escena mórbida y de alegría forzada se inflige a sí misma el suplicio polimorfo y monótono de hacer aparecer la verdad como ese mar de naufragio recorrido por el «barco ebrio» que ve a través de mis frágiles ataduras / cómo bajan a dormir los ahogados pensativos, reculando, tal vez acompañados por esa Venus odiosamente bella por una úlcera en el ano. Dicho de otra forma, esta escena empezó hace ya más de un siglo. Es impresionante. Ciertamente, durante ese siglo ha habido numerosas creaciones de formas. Todavía las hay, pero sufrir y hacer sufrir parece indispensable para el arte: es nuestra manera de abordar el asunto (que no la pregunta) del sentido.
    elianethrjje citiraoпрошле године
    sentido que sobre una plétora de funciones. O, para decirlo de otro modo, que operan menos sobre finalidades sin fin que sobre fines indefinidamente convertidos en medios de otros fines convertidos a su vez en medios…
    Ahora bien, si el arte se define como esa finalidad sin fin cuya pertinencia saluda todavía Adorno, es a contracorriente de una finalidad que se dirige indefinidamente hacia nuevos fines. La finalidad sin fin constituye más bien lo infinito actual (y no potencial) de una suspensión de la intención, del proyecto o del propósito; yo diría que es la visión sin propósito, la Schaulust por sí misma. Cuando la intención se nubla o se reactiva indefinidamente, no es de extrañar que la visión ya no pueda obrar más como una suspensión. Ya no podemos entregarnos a la admiración o a la adoración de la belleza; al contrario, esas ideas o esos motivos han sido corrompidos, degradados o, como mínimo, desplazados. El gesto queda despojado de su valor de suspenso, el que plasma la forma esbozada, el color mezclado, el sonido deshilachado. Está como a solas consigo mismo, con toda la serie de sus medios e instrumentos, sus cámaras, sus ordenadores, y sin ninguna otra salida que colocar su Schaulust en una autoexposición, en la exhibición de un cuerpo que ya no se sitúa afuera, porque no hay un afuera más allá de la plétora de funciones.
    Me parece que, siguiendo esa lógica, el dolor mostrado, expuesto e infligido al cuerpo mismo del artista o del espectador (que siempre participa y no se mantiene simplemente a distancia: tal es el sentido de la Schaulust, del deseo de ver), ocupa, en efecto, el lugar del placer, o bien goza con su sufri
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    En efecto, esto es difícil de negar: el arte ha perdido su carácter de servicio o de oficio. Un «oficio» es una función vinculada a una jerarquía, en el sentido primero del término, a una sacralidad original o a una soberanía santa. Es una palabra que pertenece a la misma familia que obra, la familia de Ops, la diosa de la Abundancia, de la Prosperidad y de la Fertilidad. El oficio del arte consiste o consistía en honrar, en celebrar, en formar la abundancia, la profusión sensible de un «cuerpo inspirado», o mediante un «cuerpo inspirado», si se me permite retomar esa fórmula. Si el cuerpo ya no está inspirado –es decir, si no es aspirado por y hacia formas e intensidades nuevas–, es porque se presentan ante él objetos, lugares, prácticas que operan menos sobre una profusión de

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