Mi madre estaba tan emocionada que preparó todas las comidas que le gustaban a mi padre. Pasó los tres días antes de partir remojando arroz glutinoso y, cuando se terminó de cocer, lo puso en una thip khao y lo arropó con una tela para que mantuviera el calor. Hizo ensalada de papaya y le puso trocitos de camarón, y frio dos codornices y las envolvió en papel de aluminio. Nunca me había dado cuenta de lo hermosa que era la comida laosiana. Después de tanto amarillo y marrón desabridos en las cenas frente a la televisión, sentí que era como volver a casa. Dispuestos todos juntos, los colores eran tan vívidos y brillantes que los sabores se prendían y se agudizaban. Cada comida tenía un gustito a ocasión especial. Era un recordatorio de dónde venía ella y de su amor. De pronto entendí por qué mi padre insistía en comer solo eso.