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Knjige
Lina Meruane

Avidez

  • raqueldalton123je citiraoпре 3 године
    La noche estaba llena de manos y dedos. La noche llena de urgencias.
  • Martha Alicia Bautista Garcíaje citiraoпрошле године
    era un puñal que se me hundía en la conciencia de ser
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    Sus pies hundidos en gastados zapatos negros, sus pantalones grises parchados en las rodillas. Abotonadas chaquetas azules con una insignia cosida al pecho. Y corbatas largas como látigos que pronto nosotras también sumaríamos a nuestro uniforme.
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    Muévanse, ordenó, enredando la lengua entre sus dientes porque esa palabra era difícil,
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    un vino muy bueno, repitió Mirta agregando que el dueño le había pagado tres veces más que las veces anteriores por dejarlo estrenar ese agujero, que le pagó por adelantado cada una de las noches siguientes y que se corrió la voz, que llegaron otros interesados. Todos querían profundizar, dijo Mirta, en un susurro vuelto alegría en el oído de la secretaria que cruzaba su pierna por encima de la rodilla y se miraba, discreta, los muslos muy juntos, la media descorrida, la uña que se trepaba por el punto roto; y la secretaria tironeó para que se fuera, el punto, un poco más arriba, un poco más adentro.
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    miedo de que me quitaran a la criatura me sacó del estupor. Recuperé mi ropa de debajo de la cama y me deslicé por los pasillos durante el cambio de turno para zafarme de las matronas que exigían mi nombre, mi edad, mi situación laboral, y que miraban a mi criatura con ansias maternas. Tuve que arrancárselas de los brazos: yo me haría cargo de lo mío como había hecho siempre. Y disimulando entre los brazos a mi escuálida criatura me escapé de sus cuidados y atravesé la ciudad y subí los escalones de mi edificio, empujé la puerta y vislumbré al fondo de la pieza oscura los ojos radiantes de la Negra.
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    nos quedó más que desocuparle la boca. Como te muevas, te quedas sin ojos. Pilar sudaba con los párpados apretados, pero respiraba con suavidad y nosotras suspiramos porque temíamos tener que cumplir la promesa de cegarla. La hoja fue cortando su calzón por los lados y, con mucho cuidado, sin descubrirla por completo todavía, empezó a afeitar primero la piel que lucía arriba del elástico y después hacia abajo, retardando la aparición del precioso pubis de Pilar. Su pubis hinchado y negro. Sonrió ambiguamente cuando arrancamos la tela y vimos aparecer una enorme lengua entre sus labios, una lengua oscura, una lengua gorda que nos dejó un instante atónitas. Se iba levantando hacia nosotras, esa lengua lampiña. Lanzamos lejos las hojas de afeitar y nos inclinamos a besarla y nos besamos con asco, con ansias, con furiosa avidez.
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    Masticaba con descuido, dejaba que la comida chorreara por su comisura y se relamía con soberbia.
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    Corremos por el jardín levantando ramas caídas, rompiendo hojas otoñales, pisando el delicado pétalo de las petunias amarillas.
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    Bajo sábanas gastadas compartimos el frío de la noche y del amanecer. Las frazadas son insuficientes para abrigar nuestras niñeces desnudas; nos apegamos formando caparazones, hundiendo unas rodillas en las corvas de la otra y de la otra; nuestros ombligos quedan sellados por la espalda, nuestros pechos planos se pegan a los omóplatos. De la otra. Y turnamos posiciones para no enfriarnos; cada tanto, la primera pasa al último lugar.
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