un vino muy bueno, repitió Mirta agregando que el dueño le había pagado tres veces más que las veces anteriores por dejarlo estrenar ese agujero, que le pagó por adelantado cada una de las noches siguientes y que se corrió la voz, que llegaron otros interesados. Todos querían profundizar, dijo Mirta, en un susurro vuelto alegría en el oído de la secretaria que cruzaba su pierna por encima de la rodilla y se miraba, discreta, los muslos muy juntos, la media descorrida, la uña que se trepaba por el punto roto; y la secretaria tironeó para que se fuera, el punto, un poco más arriba, un poco más adentro.