Citati iz knjige „El Color Púrpura“ autora Alice Walker

De todos modos, ese Dios al que yo rezaba y al que escribía cartas es un hombre. Y, como todos los hombres, es desconsiderado, olvidadizo e indiferente.
Él no quiere una esposa. Él quiere un perro.
¿Quién soy yo para decirle a quién ha de querer? Lo mío es querer y nada más.
Yo creo que estamos aquí para cavilar. Para preguntar. Y que, preguntándonos por las cosas grandes, encontramos respuesta para las pequeñas, casi por casualidad. Pero sobre las grandes te quedas como al principio. Y cuanto más cavilo y me pregunto, más amor siento.
Dios podría oírte. Bueno, que me oiga. Si alguna vez escuchara a las pobres mujeres de color, este mundo sería distinto, puedes estar segura.
Pero ella duro con que tienes que pelear y tienes que pelear. Y yo no sé pelear. Lo único que sé es ir viviendo.
Ya puedes volver a casa porque ya tienes casa a la que volver.
Para poder ver algo con un poco de claridad tienes que quitar al hombre de tu campo visual.
Cree la gente que lo único que a Dios le interesa es que lo alaben. Pero cualquier idiota que viva en este mundo puede darse cuenta de que Dios también quiere contentamos.
Dios está dentro de ti y dentro de cada cual. Tú vienes al mundo con Dios. Pero sólo lo encuentra aquel que lo busca dentro de sí. Y a veces se manifiesta aunque tú no lo busques o no sepas lo que estás buscando
Si alguna vez he encontrado a Dios en la iglesia es porque ya lo llevaba conmigo.
Tengo lo que se dice una debilidad por él. De haberme casado, habría sido con él. Pero no tiene carácter. Es incapaz de saber lo que quiere.
Desde que nos casamos no hace más que pensar en hacerme obedecer. Él no quiere una esposa. Él quiere un perro
Esta vida acabará pronto, digo. El cielo es para siempre.
si no comprende que tiene que juzgar por sí misma, no sabrá ni lo que es vivir.
llega un momento en que todos hemos de empezar a cambiar si queremos mejorar. Y nuestra propia persona es lo que tenemos más a mano.
Ahora procuro que mi corazón aprenda a no desear lo que no puede tener.
recibiría a los dos con los brazos abiertos, o moriría en el intento. ¿Quién soy yo para decirle a quién ha de querer? Lo mío es querer y nada más.
De todos modos, ese Dios al que yo rezaba y al que escribía cartas es un hombre. Y, como todos los hombres, es desconsiderado, olvidadizo e indiferente.
Cuando yo descubrí que imaginaba que Dios era blanco y hombre perdí el interés.
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