Imaginará el lector mi sorpresa cuando, casi diez años después, entre los papeles privados de la poeta de Amherst que la Universidad de Harvard puso a disposición del público, descubrí un repertorio entero de 9 000 palabras, ordenadas alfabéticamente –lo que en inglés se llama un Lexicon– que registraba de modo exhaustivo las recurrencias verbales de la autora.
Dickinson, se sabe, es una poeta dificilísima e imprescindible. Su dicción insumisa, los desajustes que su sintaxis instaura en la lengua inglesa, creando un idiolecto propio y, sobre todo, el ritmo sincopado con que rompe la trampa de la comprensión temática a favor de la imprudencia del pensamiento, siempre me sedujeron. El catálogo confirmaba, además, m