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Luisgé Martín

Cien noches

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    Ahora los hombres no me miran, no me buscan, no me tocan. Tampoco lo hago yo, salvo en momentos excepcionales. La fatiga o la indiferencia conducen siempre a la molicie. Y la vida se va perdiendo. Cuando nadie te toca, cuando tu vagina se seca, cuando los dedos que antes masturbaban están quebrados por la artrosis, la vida se ha perdido. Y en esos instantes es doloroso recordar lo que ocurrió cuando fuiste joven. La vida recién incendiada.
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    Tocar a un hombre o ser tocada por él era un acto sagrado que me permitía creer en cosas absurdas, como la inmortalidad del alma o el amor perdurable.
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    A pesar de todas estas precauciones, conozco ya, desde hace tiempo, la vejez sexual, ese estado de fatiga que solo puede vencerse recordando las glorias pasadas del cuerpo. Ha ido pasando con todo, con las ciudades a las que viajo, con los libros que leo, con las sinfonías y las canciones: me inspiran más hastío que exaltación. Sigo haciéndolo –viajar, leer, escuchar canciones– porque la memoria me demuestra que dan felicidad, pero ya no la siento, o la siento muy apagada.
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    Mi temperamento descompuesto en cromosomas heredados, la biografía de mis abuelos, mis padres y mis tíos, y la historia política de mi país, que en los años en los que yo crecí estaba embelesada con el peligro y gestionada mediante el lance de suerte, todos esos factores objetivos me convertían en una presa fácil para el infortunio personal y para la búsqueda entusiasta de problemas.
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    «Elegir un solo hombre», repetía con remordimientos. «Elegir un solo hombre para amarlo.»
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    Trataba de pensar en Claudio y en el amor que había sentido por él para hacer eso, pero en vez de reconfortarme me humillaba más.
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    No me olvidé de Claudio, pero comencé a mirarle con cierta compasión.
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    Los clientes del prostíbulo, como me había advertido Mimí, tenían modales afables. Salvo alguna excepción, no buscaban depravaciones, sino sexo convencional con chicas diferentes. Algunos eran muy guapos y habrían podido seducir a cualquier mujer en el mundo real, pero preferían evitar los rituales sentimentales y las ceremonias de cortejo. Tenían poco tiempo y lo empleaban con eficacia. Casi nunca hablaban.
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    Todo el mundo quiere mirar por el ojo de la cerradura para estar seguro de que no es un depravado.
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    El infierno es un lugar extraño. Nunca se sabe dónde está.
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    Las grandes tragedias y calamidades ocurren a menudo a causa de razones minúsculas. No por la flaqueza de la conciencia o por la ambición; no por la mezquindad o por la cobardía: por el azar, por la extenuación, por el olor.
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    La vida se ha ido. Nada de lo que fue importante permanece.
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    Me excitó su tristeza y sentí remordimientos por ello.
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    De la suciedad fétida que a mí me parecía hermosa.
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    Me acordé de su miedo a ser abandonado: «Acariciar no es siempre un acto de ternura: a veces es desollamiento.»
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    A oscuras, tumbados sobre la sábana amarillenta y raída, nos sujetábamos uno al otro la mano para protegernos de los males del mundo. Luego yo le pedía que me cantara una canción para dormirme. Él cogía la guitarra y la rasgueaba casi sin tocar las cuerdas. Susurraba muy despacio. Y yo fingía poco a poco que me dormía así.
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    Claudio no tenía heridas ni daños. Estaba asustada por las consecuencias del amor. Por la oscuridad. Por esas arenas movedizas sobre las que se camina siempre.
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    Yo me levanté a por un resto de champán que quedaba en mi copa y luego miré a través del ventanal la noche de Chicago. Cuando me di la vuelta, Adam había empezado a masturbarse sin dejar de observarme.
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    –No. Crecí con otro dolor más pesado. El de dudar de la bondad de mi padre. Hasta ese momento yo había sentido fervor por él. Le admiraba, me sentía protegido a su lado. Creía que era el mejor hombre de la Tierra. Y de repente todo eso se desvaneció. Empecé a pensar que era un asesino. –Hizo amago de reír para quitarle dramatismo al relato–. Quedé expulsado del paraíso para siempre. Y nunca volví a estar seguro de que mi padre fuera un buen hombre.
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    Su cuerpo, sin embargo, sí se convulsionó como el mío: se elevó sobre la cama varias veces, el cigarrillo ya casi consumido se le cayó de los dedos, la cabeza golpeó sobre la almohada. Nos quedamos tumbados, de repente quietos y en silencio. Apoyé mi nuca en su vientre, me limpié con los dedos el semen que tenía en las mejillas y cerré los ojos con un bienestar extraño.
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